Vivir y morir

A la fuerza ahorcan. La muerte nos provoca un miedo atávico y hacemos como que no va con nosotros; pero la pandemia la ha colocado donde es imposible ignorarla: por todas partes. Así que se acabaron las excusas. Y tal vez sea positivo el aldabonazo, porque la táctica del avestruz no hace desaparecer los problemas; simplemente los camufla. Por eso me reconfortó escuchar la otra tarde al psiquiatra Jesús de la Gándara explicar que algunos de sus mejores recuerdos están vinculados al acompañamiento de personas moribundas. Y me resultó también muy útil conversar con la escritora y periodista Carla Guimaraes, que escribió un artículo en ‘El País’ titulado ‘Tenemos que hablar de la muerte’. Carla es brasileña, aunque vive en Madrid. Hace años su padre la visitó cuando supo que padecía una enfermedad degenerativa y le planteó precisamente eso: que tenían que hablar de su muerte. Carla se negó, hoy arrastra un sentimiento de culpa que la obliga a seguir terapia y trata de que su historia sirva para que otros no cometan el mismo error; además su caso refleja la necesidad de regular legalmente la eutanasia, cuando la vida ha dejado de ser maravillosa para convertirse en un calvario.

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