Ultraderecha. La cultura como soporte de la nación

Una protesta contra el Gobierno. Reuters / Sergio Pérez

Hablamos poco de cultura cuando nos referimos a fuerzas políticas de extrema derecha o de derecha radical europea. En estos casos, nuestra mirada tiende a centrarse en otros aspectos más aparentemente chirriantes de su retórica política y de su propuesta programática; como por ejemplo todo lo relacionado con derechos LGTBI, política migratoria o posición respecto del aborto y la eutanasia. En buena medida, si la agenda cultural de VOX, del Rassemblement National francés o de la Lega italiana no atrae el foco mediático, es porque tácitamente se presupone que estos partidos conceden poca o nula importancia a los asuntos relacionados con la cultura. Y que, cuando lo hacen, despachan el asunto con referencias a la pijo-progresía en España, a los bobos –burgueses bohemios- en Francia o a los artistas radical chic en Italia.

Ahora bien: ¿es esto globalmente así? ¿Se limita a la displicencia la postura de las derechas radicales europeas con respecto a la cultura? Veamos primero qué ocurre con la actitud de sus líderes en este ámbito, para después profundizar en la cuestión de si existe algo así como una política cultural genuina en estos partidos, a tenor de sus últimos programas electorales.

Si nos fijamos exclusivamente en las declaraciones, escritos, comentarios y confesiones personales de sus líderes más relevantes, entonces probablemente la respuesta es que el ámbito de la cultura no está, ni entre sus preocupaciones principales, ni tampoco entre sus aficiones. Resulta significativo que en un libro de conversaciones con Kiko Méndez-Monasterio publicado en 2015, Santiago Abascal reconozca en los últimos capítulos su escaso interés por la música, el cine, la literatura o el teatro. Aún más: llegan a ser graciosos los apuros que pasa el líder de VOX para elegir en el último capítulo del libro una película favorita, un estilo de música preferido, una novela, un museo o una obra de teatro que merezca la pena ir a ver. De Marine Le Pen se conocen las mofas internas que generó dentro del Front National su falta de interés por la historia, la literatura y la cultura clásica francesa, sobre todo en comparación con el ethos erudito del que solía hacer gala su padre, Jean-Marie Le Pen; o las anécdotas a propósito de lo ocurrido con los libros que su mentor , Jean-Yves Le Gallou, le prestó en el año 2011.

Marine Le Pen, en la presentación de su libro Against the waves.
REUTERS / Jean-Paul Pelissier

Tampoco resulta muy distinto el caso de Matteo Salvini, cuyo vínculo con el mundo de las artes y la cultura italianas es mínimo y exhibido como tal. El líder de la Lega construye su personaje público como alguien “a quien no le interesa la cultura” identificada como un conjunto de rituales y prácticas “muy elevadas”, “artificiosas” y hasta cierto punto “grandilocuentes”. Lo mismo que Tom van Grieken en Flandes o Norbet Hofer en Austria, que no tienen inconveniente en dibujar a la cultura como un mundo estrecho y poco interesante –un “mundillo”- dominado por un grupo reducido de personas –una “pandilla”- a menudo políticamente muy activas en favor de una visión elitista y multicultural de los asuntos públicos.

Esencia, identidad y patrimonio

Sin embargo, por muy aparentemente desinteresados de la cultura que se muestren los líderes de los partidos ultraderecha de nuestro entorno, lo cierto es que estas plataformas partidistas conceden una gran importancia a una forma de política cultural que podríamos denominar nacionalista. Una política cultural que se pone completamente al servicio de una visión muy peculiar de la nación como entidad sustantiva y amenazada. La política cultural es entendida entonces como soporte de la nación; y, muy particularmente, como canal de irrigación de aquellos rasgos esenciales de la nación que están en peligro por la acción de la ideología mundialista dominante. Una ideología “multicultural” y “sin-fronterista” que a menudo se solapa con las posiciones de los artistas más relevantes.

Los programas electorales de VOX, de la Lega y del Rassemblement National dedican una atención especial a la protección de todos aquellos elementos culturales que cimentan la identidad nacional entendida no tanto como algo que se construye, sino como algo que viene ya hecho; y, por tanto, como un objeto complejo y valioso que es preciso preservar y custodiar. El primer elemento que estos partidos unánimemente se esfuerzan en proteger en sus programas culturales es la lengua nacional.

Resulta llamativo que tanto la Lega, como el RN y VOX consideren al italiano, al francés o al español como idiomas amenazados internacionalmente por el inglés –por lo que las tres formaciones coinciden en proponer una limitación del uso del inglés en la enseñanza universitaria– e interiormente por la acción de migrantes y regionalistas –lo que les lleva a incidir en el refuerzo del francés, del italiano y del español en todas las etapas educativas, en todos los territorios y en el conjunto de las ofertas de empleo público–.

Santiago Abascal firma un póster. REUTERS / Susana Vera

En relación con esto, las tres formaciones de ultraderecha hacen singular énfasis en la promoción de un único “relato nacional”; es decir, de un tipo de historia nacional –con sus episodios clásicos, sus héroes y sus villanos- que no solo debería ser aprendida por toda la ciudadanía, sino que tendría que situarse fuera de la discusión y de la crítica políticas. Una versión de la historia sacralizada que vacunara contra la tentación postmoderna de emprender “arrepentimientos colectivos”.

Salvini, Abascal o Le Pen son particularmente reacios a revisar políticamente la historia, singularmente cuando esta tiene que ver, o bien con el fascismo histórico, o bien con el colonialismo. VOX, sin embargo, incurre en una paradoja a este respecto: se posiciona fervientemente a favor de la promoción de un relato nacional unívoco bajo la forma de epopeya –incidiendo sobre todo en el valor heroico de la “Reconquista” y del “Imperio”- y al mismo tiempo critica la Ley de Memoria Democrática en España con el argumento de que supone el privilegio de una determinada interpretación de la historia por encima de otras.

El tercer elemento de política cultural en el que coinciden los programas de las tres formaciones es la apuesta por el refuerzo del patrimonio artístico nacional, bajo un enfoque que entiende el patrimonio como espejo de la nación. O, lo que es lo mismo: como aquel reflejo en el que la nación se mira y aumenta su autoestima, su conciencia de sí y su intra-relato. Patrimonio como espejo y como escaparate nacionalista. Pero el término patrimonio sirve también a un propósito ulterior en la medida en que apunta directamente a las ideas de propiedad y propietarios. De tal manera que preservar el patrimonio es importante porque este nos dice quiénes somos, de qué podemos sentirnos orgullos y, sobre todo, nos informa de que la nación es nuestra; es decir, nos sitúa como legítimos propietarios de esa entidad sustancial que es la nación.

En consecuencia, el patrimonio como metáfora de la patria anuncia que hay quienes tienen derecho a reclamar una herencia y quienes no lo tienen. Con ello, los programas culturales de la derecha radical enlazan la idea de patrimonio con la de patria y, a su vez, esta con las de herencia, propietario, inquilino o simplemente asaltante. En el sobreentendido de que las patrias son casas y las identidades culturales herencias.

Tradiciones nacionales

El cuarto elemento de política cultural presente en los programas electorales de VOX, la Lega y el Rassemblement National es la defensa de las tradiciones nacionales y, en general, de todo aquello que singulariza a una determinada nación o que ayuda a sus habitantes a enraizar dentro de un determinado territorio o paisaje. Los programas históricos del Front National y de la Lega Nord se mostraban entusiastamente a favor de la actividad cinegética y de la pesca. No obstante, desde 2015 la defensa ferviente de estas actividades se ha atenuado en sus discursos y programas.

También se ha mitigado, en el caso francés, el elogio de la tauromaquia.
El caso de VOX es distinto: su programa electoral de 2019 concede una notable importancia a la defensa de la caza, la pesca, la tauromaquia y, en general, “de todas aquellas manifestaciones folclóricas y tradicionales de España y de sus pueblos dentro de la óptica de la Hispanidad” ; con la intención indisimulada de chocar contra el imaginario de lo “progre”, “desarraigado”, “urbanita” y “animalista”.

Salvini, en una conferencia de prensa junto a su abogada. REUTERS / Antonio Parrinello

Por último, los tres partidos se muestran dispuestos en sus programas electorales a impulsar el deporte y el arte desde una perspectiva nacional. La Lega, VOX y el Rassemblement National entienden las expresiones artísticas y las actividades deportivas como puntos nodales de una épica nacionalista, dentro del cual los éxitos en el campo del arte o en el mundo del deporte sirven para agrandar la leyenda de una determinada identidad nacional. Arte y deporte son excusas para continuar el relato que una nación se hace de sí misma: materiales que, bajo la forma de hito y recuerdos, ayudan a elaborar sentido colectivo y sentimiento de pertenencia.

Por todo ello, a pesar del menosprecio de los líderes de la derecha radical por el mundo de la cultura, la lectura de sus programas electorales más recientes muestra que la cultura entendida desde un punto de vista nacionalista supone un eje cardinal de sus proyectos políticos. Incluso más: el análisis de estos programas, al poner de manifiesto la profunda relación que establecen entre cultura y nación sustancial, abre la pregunta de si estas formaciones políticas son, antes que derechistas o ultraconservadoras, nacionalistas identitarias.

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