Ritos privados, acontecimientos públicos (o la fragilidad del bien)

Un hombre durante una oración en un templo de Nepal. REUTERS

Practico menos ritos de lo que me gustaría, porque el rito es ese momento en el que suspendes tu actividad habitual, dejas de lado las urgencias, te fuerzas a salirte del tiempo para prestar atención a los detalles, aceptas que la repetición es una forma de paréntesis, de pausa. Supongo que se me olvida o se me pasa practicarlos porque, al ser ateo, no cuento con el apoyo de liturgias establecidas y compartidas, con fechas o momentos marcados en el calendario que me recuerdan que debo hacer un alto en mi vida y aceptar el recogimiento. Supongo también que mi rechazo hacia los rituales establecidos por iglesias de toda laya me hace desconfiar de imitaciones laicas, a las que en seguida encuentro untuosas o afectadas, artificiosas, un quiero y no puedo que no me satisface.

Pero sí es frecuente que, a final de año, época que me suele poner de un humor melancólico quizá tan solo porque me recuerda el paso del tiempo y el final del que tendré sobre la Tierra, me detenga un momento a repasar los hitos, buenos y malos del año. Este 31 de diciembre, para espantar la melancolía y también la sensación de que el año ha sido duro, E. y yo hemos repasado las cosas buenas que nos han sucedido. No voy a dar aquí detalles privados, solo quiero decir que, al pasar revista a momentos felices, a pesar de todas las desgracias que han sucedido a nuestro alrededor, también de todo aquello que a nosotros mismos nos ha vuelto más difícil el 2020, hemos encontrado numerosas razones para alegrarnos. Y no me refiero solo a nivel privado, también viendo lo que ha ocurrido en nuestras sociedades: el aumento del salario mínimo o la mejor protección contra los desahucios o la aprobación de la ley de eutanasia en España, la caída de Trump, la legalización del aborto en Argentina ya casi, literalmente, sobre la campana.

Lo bueno del pasado es que, habiendo sucedido, está controlado, no puede sorprendernos. Lo reconstruiremos y quizá lo modificaremos en nuestra memoria, descubriremos quizá detalles que desconocíamos, pero al menos tiene la garantía de las cosas seguras. Lo que ha sido, ha sido, y solo puede cambiar nuestro conocimiento de ello.

Pero hay otro rito interesante y mucho más incierto que consiste en detenerte a principios de año, como yo estoy haciendo ahora, y examinar el que tienes por delante. ¿Qué esperas de él? ¿Qué piensas que va a suceder? ¿Cuáles son sus amenazas, cuáles sus promesas? Y enseguida me doy cuenta de que el futuro está hoy más en suspenso de lo que suele estar. Tengo varios proyectos que me ilusionan para los próximos meses, pero todos ellos están sometidos a un condicional impuesto por la epidemia. Buena parte de la actividad política estará también marcada por la evolución de los contagios.

Pero hay algunas cosas que, salvo cataclismo, son seguras: el PP seguirá embarrando el debate político para hacer olvidar los muchos procesos judiciales en los que está empantanado, aunque para ello tenga que bailarle el agua a la extrema derecha; las elecciones catalanas, a pesar de sus incógnitas, no despejarán aquellas tensiones preepidémicas que ahora parecen casi olvidadas; Ayuso, a quien mi paranoia ha empezado a imaginar acariciando un gato mientras pergeña planes para hacerse con el poder mundial, seguirá siendo, por desgracia, Ayuso; oiremos más afirmaciones solemnes sobre la protección del medio ambiente pero apenas se tomarán medidas para protegerlo de verdad… y es curioso que, cuando intento imaginar el futuro común, parece más cierto lo que me desagrada que lo que me alegra, como si lo bueno fuese más frágil, estuviese más desprotegido.

Es verdad que el conocimiento de la Historia me lleva a pensar, por resumir mucho, que el bien es más vulnerable que el mal, y el egoísmo y el ansia de poder tienen una mayor capacidad de supervivencia que la solidaridad y la empatía. Siempre es mucho más difícil el progreso que el estancamiento y el retroceso; cualquier mejora social y política exige una energía que no se precisa para conformarse con la limitación y la corrupción, procesos que son casi naturales. 

Espero sin embargo que la próxima nochevieja pueda volver a hacer un alto con E., mirar hacia atrás y descubrir que, a pesar de todo, hubo muchos momentos por los que sentirnos felices y agradecidos, no solo por nuestra suerte individual, también porque ha habido avances en ese tiempo que nos han vuelto una sociedad más justa y más solidaria. El año que viene os lo digo.

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