Pablo Iglesias: el vicepresidente incómodo

  • El paso del líder morado por la Moncloa ha estado protagonizado por su obsesión por marcar un perfil propio dentro del Gabinete siendo el socio minoritario del Ejecutivo

  • Hábil en el regate corto, supo alejar a Sánchez de Ciudadanos para sacar adelante los Presupuestos y ejerció de pararrayos del Gobierno por el odio que despierta en la derecha

El activismo político tiene la virtud de forjar en sus fieles el espíritu de la resistencia: solo cuando tienes poco que perder te planteas la osadía de aspirar a todo. Pablo Iglesias impulsó en 2014 el lanzamiento de un nuevo partido para dar voz a los parias de la Gran Recesión, pero tardó poco en dejar claro que su meta no era ser tratamiento paliativo de las políticas de austeridad aplicadas en España para hacer frente a la crisis sino cambiar las reglas del juego. Faltaba saber cómo se manejaría en los pasillos del poder el telegénico profesor de Ciencias Políticas que había dejado la universidad para tumbar el “régimen del 78”. Los 14 meses transcurridos desde su nombramiento al frente de la vicepresidencia del Gobierno dan testimonio de la dificultad del reto que se había marcado y del carácter tenaz que le acompaña.

Ser firmante de manifiestos y a la vez dictar el BOE; tener la voz hecha al megáfono y escuchar secretos de Estado susurrados al oído; ofrecer muleta al líder que soñó ‘sorpasar’ y al tiempo mantener un perfil propio. Pablo Iglesias lleva desde enero de 2020 viviendo en este dilema, una duda hamletiana que unas veces resolvió poniéndose de perfil ante las políticas socialistas que menos le gustaban para salvar la coalición y otras, las más sonadas, pisando callos sin importarle el dueño del pie damnificado, pero sin disimular jamás la incomodidad que le causaba tener que ejercer de personaje a la contra. Se le ha visto sonreír pocas veces desde que ocupa la fila azul del Congreso, una seriedad que no siempre se ha podido achacar a la pandemia.

Ministro y Pepito Grillo

Si en España faltaba cultura de coalición, el paso de Iglesias por la Moncloa ha brindado un cursillo acelerado de cómo conciliar las aspiraciones hegemónicas del socio mayoritario con la resistencia numantina del pequeño a terminar convertido en convidado de piedra. No es el líder morado el único que se ha mostrado incómodo en este desigual apareamiento. De la vicepresidenta Calvo a la ministra de Defensa y de la titular de Economía a la de Hacienda, en el ejecutivo no han faltado voces que le recordaran los límites de lo posible y que no se puede ser a la vez Gobierno y Pepito Grillo del Consejo de Ministros.

Quienes salivaban augurando un choque de egos entre Iglesias y Sánchez se han visto defraudados. El líder de Podemos rehuyó en todo momento el enfrentamiento con el presidente y prefirió mantener reyertas menores con otros miembros del gabinete antes que amenazar con un portazo y recordar con insistencia las líneas rojas del acuerdo de legislatura antes que plantearse romperlo.

Pero verse obligado a jugar en un espacio de terreno tan estrecho no ha sido para él un hándicap sino un aliciente. En estos meses, Iglesias ha demostrado su instinto natural para el regate corto y ha sabido urdir entre bambalinas el apoyo de Esquerra y Bildu a los Presupuestos para torpedear el acercamiento de los socialistas a Ciudadanos y lanzar guiños al independentismo para conjurar la desaparición de los morados en las elecciones al Parlament.

Una inquina creciente

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Donde Iglesias ha demostrado sentirse más cómodo y sin complejos ha sido en su papel de bestia negra de la derecha y la ultraderecha. El odio cerval que el líder de Podemos despierta en medio hemiciclo le ha convertido en el perfecto pararrayos del Gobierno y ha brindado jugosos lances parlamentarios con los representantes de Vox y el PP. No disimulaba su gozo el día que provocó la salida de Iván Espinosa de los Monteros de una comisión y, al despedirle, le soltó sonriente: “Cierre al salir, señoría”.

Iglesias podrá poner en su currículum que fue vicepresidente del Gobierno que subió el salario mínimo, fulminó la ‘ley Wert’, legalizó la eutanasia e impulsó el programa de ertes que ha permitido mantener el empleo en la mayor pandemia del último siglo. Pero solo el activista que venía a asaltar el cielo sabrá si ese es un saldo suficiente o se va de la Moncloa con sabor amargo.

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