La complejidad de la «gente sencilla»

Mi abuelo G. fue chófer de la condesa de Argüelles, camionero, conductor de autobús y empleado de gasolinera. Fue seminarista y, durante toda su vida, creyente fervoroso, de misa diaria. Pero su religiosidad no era nada convencional: hombre de izquierdas, sindicalista también, soñaba con una Iglesia cuya teología fuera la de la liberación. Admiraba a Leonardo Boff, al padre Romero, a Pere Casaldàliga, a los curas heroicos de las guerrillas americanas, y enviaba cartas al Vaticano protestando por que Juan Pablo II reprendiera a Ernesto Cardenal y no negara la comunión a Augusto Pinochet.

Leía mucho, muchísimo, aunque su biblioteca siempre fue pequeña: todo lo que leía, lo sacaba de la biblioteca pública del pueblo. Cuando era pequeño y visitábamos a mis abuelos, lo primero que hacía al llegar a su casa era deslizarme hacia su habitación para comprobar qué estaba leyendo aquella semana. Cada domingo encontraba un libro distinto: historia de España, universal, novela, ensayo. Mi abuelo siempre fue humilde y vivió con estrechez, pero eso no le impidió atesorar una cultura, no solo vasta, sino también perspicaz. Votó toda su vida al PSOE, y fue cargo comarcal de UGT, pero desconfiaba de José Ángel Fernández Villa y, en general, de esos carismas tropicales que apagan en las gentes por ellos deslumbradas las alertas de la corrupción, aunque sí admiraba a Felipe González. No así a Alfonso Guerra.

Comentaba hace unos días, en Twitter, Santiago Gerchunoff su desagrado hacia el concepto de gente sencilla, y yo me acordé de mi abuelo y de varios otros de mis ancestros. Mi abuela L., su esposa, era también una persona a todas luces sencilla. Nació en una pequeña aldea en la que era una de les del Molín, fue campesina, modista después, y, tras casarse, ama de casa. Era también una cristiana devota y fue catequista durante diecisiete años. No perdonaba una misa: en sus viajes del Imserso a Benidorm, mis abuelos buscaban el templo más cercano al apartamento en el que se alojaban, y acudían a ella con impenitente regularidad.

Pero la religiosidad de mi abuela no era más convencional que la de mi abuelo. No aceptaba todos los dogmas, y me contaba que, en el tiempo en el que todavía era habitual que sus convecinos se abstuviesen de comer carne durante la Cuaresma, mis abuelos sí la comían; que mi abuelo decía que su infancia posbélica y famélica convalidaba todas las cuaresmas; que su suegra, mi bisabuela E., con quien no se llevaba bien, pero a quien admiraba por esto, compraba una boroña, se la daba a sus cinco hijos y no apartaba ni un trozo para sí, sino que comía tan solo lo que sus hijos dejaban, y si no dejaban ni una miga, no comía.

Mi abuela detestaba la Semana Santa, pese a lo afamado de la de mi pueblo: decía –no recuerdo exactamente con qué palabras, pero esta era la idea– que aquello no era fe, que era idolatría, postureo, que la procesión tenía que ir por dentro. Decía también que no era muy de santos, y es verdad que no lo era. Le gustaba algo la Santina de Covadonga, pero nada más, y tampoco la Santina la volvía loca (aunque una vez, en Montserrat, se preocupó, mi madre no sabía dónde meterse, de que todo el mundo oyera que muy bonito todo, pero que donde esté la nuestra Santina…). 

Lo de subir de rodillas las escaleras de la Santa Cueva, que otras familiares devotas mías sí hacían, le parecía absurdo, como en general cualesquiera exhibiciones aparatosas de fe. Tampoco se creía los milagros que salían en la Biblia. Y tenía un curioso punto anticlerical: decía que un cura no era nadie para decirle a los demás cómo tenían que vivir; que lo importante era ser buenas personas, hacer buenas obras. Yo bromeaba con ella diciéndole que era protestante sin saberlo, y cuando le preguntaba por qué iba a misa todos los días, en lugar de simplemente rezar en casa y llevar una vida cristiana, ayudar a los demás, etcétera, se encogía de hombros y me decía que era lo que sus padres le habían enseñado, y que mal tampoco le hacía. 

Era, por lo demás, muy abierta de mente; más que mi abuelo. Se sentía muy orgullosa de haberse mantenido virgen hasta el matrimonio, pero se alegraba de que ya no fuera un imperativo para las mujeres de hoy. El aborto no le parecía del todo bien, pero no lo rechazaba completamente; recelaba del divorcio y decía que creía que la gente no aguantaba lo suficiente, pero lo aprobaba; y estaba absolutamente a favor de la eutanasia. También aceptaba la homosexualidad (diría que gracias a los programas del corazón, que consumía con avidez: era fan fatal de Belén Esteban) mucho mejor que su marido, con quien, a veces, discutía sobre el tema (y sobre otros, y por ejemplo Fernández Villa, que sí fascinaba a mi abuela, como también Guerra). Ella le decía que habían nacido así y no podían evitarlo, él le respondía que no, que se hacían. Pero no quisiera que el lector de estas líneas pensase que mi abuelo era un hombre de izquierdas con valores reaccionarios: compartía, por ejemplo, las tareas domésticas con mi abuela en un tiempo en el que no era en absoluto habitual que los hombres lo hicieran.

Pensé también en mi padre a cuenta de lo de la gente sencilla. Mi padre, hoy jubilado, trabajó en la mina. Hizo huelgas, lanzó cócteles molotov, se parapetó en barricadas… Fue, en suma, un obrero de postal soviética; y yo me crie en un barrio de aluvión, con grandes y feos bloques de pisos y descampados en los que nuestras madres no nos dejaban jugar, no fuéramos a pincharnos con una jeringuilla usada, que luego se convirtieron en parques coquetos y seguros.

No fui, de todos modos, un Oliver Twist: la mina, entonces, ya era el trabajo bastante bien pagado y seguro que antes no había sido. Y yo, sin ser particularmente buen estudiante ni tener unas notas deslumbrantes, disfruté de becas estatales, autonómicas y de los Fondos Mineros para toda clase de cosas: para el bachillerato, para la Universidad, para ir de campamento, para pasar cuatro veranos fuera estudiando inglés, en Inglaterra, Malta e Irlanda.

Ello es que cualquier suposición que pudiera hacerse de mi padre a partir de cierto estereotipo qualunquista del obrero que llama pan al pan y vino al vino, pasa el tiempo en el bar, silba a las mujeres bonitas y tolera mal la trampa de la diversidad sería errada de medio a medio. Es prácticamente abstemio y sus hobbies siempre fueron domésticos, desde el aeromodelismo hasta la impresión 3D. Cuando yo era pequeño, construyó un telégrafo morse rudimentario y jugaba conmigo a enviarnos mensajes de un lado al otro de la casa: «¿Qué-hay-pa-comer? Me-apetecen-unes-patates-y-un-güevu».

Desde hace unos años es vegetariano: se puso a leer sobre el tema animado por mi hermana y aquello le convenció. A mi padre le han preocupado siempre los vulnerables con una intensidad que me gustaría decir que yo he heredado, pero no puedo; y, sin haber tenido nunca perro o gato ni más relación cercana con animales que la pecera que había en casa cuando yo era pequeño y una tortuga que mi hermana tuvo, decidió que los principios éticos que le habían hecho enrolarse como voluntario en una asociación para la integración de las personas con discapacidad, o cuidar con devoción de su padre nonagenario en lugar de enviarlo a una residencia, le imponían asimismo abstenerse de que se matara a animales para nutrirlo.

Por lo demás, le gusta mucho el fútbol y es socio del Sporting desde hace lustros, aunque está cada vez más asqueado con el balompié moderno y sus derivas, y sopesando no renovar el carné. Que los jugadores de la Selección sean vacunados antes de tiempo no le parece bien. Estoy bastante seguro de que a mi abuelo G., a quien también le gustaba el fútbol (él era del Oviedo), tampoco se lo hubiera parecido.

La gente sencilla no es sencilla. Ninguna de las personas sencillas que yo he conocido lo es. Hoy convivo en una aldea de sesenta habitantes de la España vaciada entre gente sencilla, pero de ninguno de los convecinos con los que me trato podría hacerse una semblanza apresurada. Todos tienen sus capas, sus sinuosidades, sus opiniones sorprendentes o heterodoxas. Hay vecinos de izquierda y de derecha, de extrema derecha y extrema izquierda, moral abierta, moral cerrada, ateos, creyentes, mediopensionistas de la fe, gente poco y muy leída y cultivada. Un pueblo, cualquier pueblo, es una Nueva York en miniatura. Las discusiones en el bar son tremendas a veces. Incluso hay algún antivacunas del que los otros se burlan, y cazadores y animalistas, e inmigrantes senegaleses que trabajan cortando escobas y a los que, hasta donde me consta, todo el mundo aprecia. Por lo que he puesto la oreja, tampoco acá es un sentir generalizado que la bula vacunatoria de la Selección sea algo justificable. Hay quien piensa que sí y hay quien piensa que no.

La voz del pueblo no es una voz, sino muchas, una voz múltiple, irreductible al álbum de cromos de gustos y opiniones plastificados al que a veces lo reducen quienes no pertenecen a él, y construyen su concepción de lo que el pueblo es dando la vuelta al desprecio clasista de su entorno, en una suerte de orientalismo interior que imagina al Otro como un negativo exacto del Yo. Pasan a enaltecer —no hay por qué suponer que sin buena intención— a los santos inocentes, al buen salvaje de gustos insofisticados y ambiciones primarias, y hoy claman que quiere fútbol y a La Roja en la Eurocopa. Pero en ello sigue brillando un paternalismo tan malo como el peor; algo así como la «inmensa condescendencia de la posteridad» que E. P. Thompson decía célebremente que se tenía hacia las revueltas del Antiguo Régimen, solo que en tiempo real, hacia el pueblo coetáneo que ve el fútbol o no lo ve, va a la taberna o no va, cree en Dios o no cree, silba a las señoritas o las respeta, en la ancha Castilla que se extiende extramuros de la M-30.

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