El valor de la vida

POR JUAN GÓMEZ DÍAZ

Cronista de Lillo
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El Congreso de los Diputados ha aprobado el pasado día diecisiete la proposición de ley que regulará la ayuda médica para morir, que ha contado con una amplia mayoría y con el voto en contra del PP, Vox y UPN.

Tras un duro debate sobre la vida, la muerte y el derecho de cada persona a poner fin a sufrimientos intolerables sin perspectiva de curación o mejoría, 198 diputados han votado a favor de la ley, 138 en contra y 2 se han abstenido, con lo que la norma pasará ahora al Senado y será aprobada definitivamente en 2021.

Este debate trae a la memoria la película de Alejandro Amenábar «Mar adentro» que obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2005. La historia del tetrapléjico Ramón Sampedro y su lucha por elegir el momento de su muerte ganó un premio para el que partía como favorita, aunque según recogieron los periodistas «las críticas no han sido unánimes y el público ha mostrado su reticencia». La temática y las imágenes de esta película nos interpelan muy duramente ante la renuncia o rechazo de la propia vida. El dilema moral o religioso se hace presente ante esta situación. En consecuencia, cabe cuestionarse, siempre desde el respeto a todas las opiniones, si un enfermo terminal o médicamente desahuciado puede llegar a verse privado de su dignidad por el hecho de sobrevivir sin esperanza de curación.

Ante el eufemismo «muerte digna» no se puede invocar un pretendido derecho, bajo un disfraz de progreso o modernización, a disponer de la propia vida. No se puede admitir como manifestación de libertad una conducta que implique negación o lesión de un bien primario, como es la vida. La confusión entre ésta y felicidad lleva consigo el rechazo al dolor o las dificultades que, para mayor paradoja, acaban dando sentido a nuestra propia existencia. Ni que decir tiene que hay que combatir el dolor y la enfermedad con todas nuestras fuerzas, sin sentirnos destinatarios de una resignada predilección por el sufrimiento.

Esta confusión se acentúa cuando la sociedad reduce el valor de la vida humana a términos meramente productivos, lo que supone excluir a quien deja de ser, por edad o por imposibilidad física, un ciudadano-productor.

La vida es siempre un ejercicio de esperanza y por ello un valor que sólo se pierde cuando se claudica. Valga como ejemplo el valor de la vida al encontrarnos con el llanto desconsolado de Sancho, rebosante de amistad y camaradería, en el último capítulo del primer libro de nuestra literatura. «No se muera vuestra merced señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía».

Porque el escudero necesita al hidalgo para compartir con él sus ideales y su aventura. Como nos necesitamos unos a otros, para sentirnos realmente vivos.

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