Cuando los vecinos toman la pala

POR VENTURA LEBLIC


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Vivimos en una sociedad que criticamos como escasa en valores cuando vemos ciertas manifestaciones entre las se pasea Epicuro y su hedonismo. A ello se suma el individualismo tozudo y amargo, a veces cultural o impuesto por formas de vida; el pensamiento de ir «cada uno a lo suyo» sin importar los demás; el relativismo como doctrina de algunos vividores donde la ética y la moral dependen de sus intereses o cuando el bien y el mal entran en la subjetividad que conduce a un deterioro social evidente.

«Disfrutamos» de la insolidaridad colectiva o personal, traducida en los cientos de miles de contagios del «covi», en millares de muertes que ni atemorizan, ni hacen reflexionar sobre su conducta a quienes ostentosamente se saltan las normas preventivas en actos sociales prohibidos o en reuniones donde se provoca el contagio sin importarles mucho las consecuencias nefastas para ellos y sus propias familias. Nos encontramos pues ante un nuevo trauma social que aflora entre los que buscan el placer como algo imprescindible en sus pobres vidas sin importarles las de los demás; entre los inconscientes que les sobrepasa la crisis y las gentes del común que padecen las consecuencias de esta especie de «eutanasia» colectiva.

En estos días de una tremenda pandemia viral se ha sumado lo peor que la climatología nos podía regalar poniendo hielo tras la nieve en la cuesta de enero. Y como en otras ocasiones y pese a los lastres insolidarios, han aparecido aquellos ciudadanos que están dando ejemplo de todo lo contrario. Los problemas originados en los pueblos y ciudades de España por el paso de la mediata y otros de difícil desenlace, han puesola de frío, muy complicados de solucionar de manera into de manifiesto los valores solidarios de muchos vecinos que han tomado iniciativas de urgencia para aliviar en lo que han podido las necesidades surgidas.

Los hemos visto colaborando con la Guardia Civil, con el Ejército, con Protección Civil, Bomberos, con los enfermos, con los abandonados, con los que necesitaban salir a por alimentos, abriendo iglesias, tomando el pico y la pala, asistiendo a mayores o conductores poniendo sus vehículos especiales en favor de la comunidad. Médicos esquiando para llegar a los hospitales, maestros y padres limpiando colegios… Algunos ayuntamientos han repartido cientos de palas entre los vecinos, mientras otros han obsequiado a los voluntarios con sonoros rechazos queriendo monopolizar lo que es imposible sin la intervención de todo tipo de ayudas, incluidas las vecinales.

Ante esta difícil situación, saber gestionar, movilizar y organizar todos los recursos incluidos los voluntarios es el camino para doblegar eficazmente la conjunción crítica del momento. Bienvenidas las muestras de solidaridad que abren puertas a una nueva esperanza regeneradora del desastre insolidario y un reconocimiento a las instituciones militares y civiles que están demostrado una evidente profesionalidad y esfuerzo colectivo ejemplar.

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