avances y retrocesos – Rebelion

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«A veces la guerra está justificada para conseguir la paz«. Barack Obama, ¡¡Premio Nobel de la Paz!! (SIC)

¿Hay progreso en la
historia humana? La respuesta depende de qué entendamos por progreso. La tendencia
casi inmediata en nuestra cotidianeidad, marcada por un fuerte sesgo
economicista, es concebirlo como «mejoramiento», como «superación»,
de suyo ligado al ámbito material. En general, sin embargo, esta reflexión no nos
la planteamos en términos subjetivos: ¿se progresa espiritualmente?, ¿hay
progreso cultural? La ética, ¿progresa? ¿Se mejora la calidad de lo humano?

Observada la historia en su faceta
material, desde el primer ser humano de las cavernas hace dos millones y medio
de años atrás hasta nuestros días, es más que obvio que se ha registrado
progreso, un progreso enorme, monumental. Al menos en lo técnico, en lo material,
en la forma en que nos relacionamos con la naturaleza e inventamos una nueva
naturaleza «social». La duda se abre en el otro ámbito, en lo más
propiamente humano: ¿ha habido progreso en este sentido? ¿Puede haberlo?

En principio podríamos estar tentados
de decir que, aunque muy lentamente, la humanidad va progresando en términos
éticos. Hoy, distintamente a la antigüedad clásica de tantos pueblos, ya no se
practican sacrificios humanos; hoy, un déspota gobernante no puede pedir un
festín de sangre o bajar el pulgar para ver cómo un ser humano mata a otro para
solaz de los observadores. Al día de hoy contamos con leyes que protegen, cada
vez más, la vida y su calidad. Se legisla el aborto y la eutanasia. Hoy la
tendencia es buscar repartir los beneficios del progreso material entre todos,
y no reservarlos para la familia real, para el sacerdote supremo o el cacique
de la tribu. El machismo, aunque aún se practica día a día en forma repulsiva –la
ola de femicidio no se detiene–, comienza a ser puesto en la picota. Y otro
tanto sucede con el racismo, aunque como práctica social concreta siga
existiendo (ahí está George Floyd, entre tantos otros, como infame recordatorio).
Todo lo cual, entonces, nos puede hacer llegar a la conclusión que, sin dudas,
hay progreso social. Aunque justifique
las guerras, tal como lo dice el epígrafe, un afrodescendiente, un nigger
puede llegar al sillón presidencial de la Casa Blanca.

Arribados a este punto, es
necesario puntualizar un par de consideraciones fuertes, que sin dudas no pueden
agotarse en este pequeño trabajo, y que llaman a su profundización: por un lado,
es siempre muy relativo (¿precario quizá?, siempre en condiciones de
retroceder) el «avance» que se da en la condición humana, en su
esfera ética. Los «progresos» espirituales son de una naturaleza
radicalmente diversa a aquellos otros del orden material. Si no hay Tercera
Guerra Mundial (con energía atómica), podemos estar –relativamente– seguros que
no volveremos a las cavernas y a las hachas neolíticas; pero no podemos estar
tan seguros que se ha afianzado de una vez y para siempre la cultura de la no
violencia, la tolerancia y la convivencia pacífica entre todos los seres
humanos, más allá de las pomposas declaraciones que se escuchan a diario y de
la «corrección política» que se va imponiendo por todos lados. Una
rápida mirada a la coyuntura mundial nos lo recuerda de modo feroz.

¿Cómo explicar, si no, que en la
Rusia post soviética los otrora cuadros comunistas se tornen tan rápida y
fácilmente despiadados capitalistas explotadores, o que en ese experimento tan
singular que es la China socialista con economía de mercado, abierta la
posibilidad de la acumulación –»Ser rico es glorioso» dijo
Deng Xiao Ping– aparezcan multimillonarios similares, o superiores, a los del
capitalismo occidental? Toda la fascinante tecnología que hemos desarrollado en
milenios y nos llevó, entre otras cosas, a la energía atómica, no impidió que
se lanzaran bombas nucleares sobre población civil no combatiente con una
crueldad que puede empalidecer ante cualquier «primitiva»
civilización del pasado. Aunque la justificación oficial del gobierno de
Washington pueda parecer «piadosa» (evitar más muertes con un
desembarco), la verdad es otra cosa: una absoluta demostración de poder. Esto,
sólo por poner algún ejemplo. O para abundar algo en esta línea: la tecnología
que permite el espectacular mundo moderno, con vehículos que surcan la faz del
planeta a velocidades siempre crecientes, lleva al mismo tiempo a una
catástrofe medioambiental de proporciones dantescas, ocasionada en muy buena
medida por los motores que impulsan a esos vehículos. Y si se reemplazan los
combustibles fósiles por energías no contaminantes, tal como utilizan los vehículos
impulsados por baterías eléctricas para las que se necesita el litio como
elemento básico, ahí está el golpe de Estado en Bolivia en el 2018. Y un magnate
productor de algunos de esos vehículos (Elon Musk: «Derrocamos a quien
queramos
«) puede justificar el latrocinio muy alegremente, sin recibir
condena alguna. ¿Progreso entonces?

Hay una idea cuestionable de
progreso. Se puede, por ejemplo, destruir la selva tropical y a los pueblos que
allí habitan para extraer petróleo con los que alimentar vehículos con motores
de combustión interna, o matar «cholos» en Bolivia para quedarse con
los Salares de Uyuni, ¿en nombre del progreso? Progreso, valga decir, que nos
va dejando paulatinamente sin agua dulce para continuar la vida. ¿Puede decirse
seriamente que hay «progreso» social si un habitante término medio de
un país ¿desarrollado? como Estados Unidos consume un promedio de 100 litros
diarios de agua, o más, mientras que un habitante del África negra sólo tiene
acceso a un litro? Dicho sea de paso: por la falta de agua potable mueren dos
mil personas diarias. ¿Cuál es el «progreso» humano en que asienta
ese monumental absurdo? Porque lo peor de todo es que a ese blanco término
medio que riega su jardín 3 veces por semana y lava sin cesar sus varios
vehículos, no le interesa la sed de un semejante africano; es más: ni siquiera
está enterado de ello. La tecnología, definitivamente, no tiene la culpa de esta
locura en juego. La lectura serena y objetiva del estado del mundo nos fuerza a reflexionar sobre
todo esto: ¿avanzamos o retrocedemos en términos éticos?

El poder sigue siendo el
eje que mueve las sociedades; poder que se articula con el afán de lucro,
que no es sino la contracara de la idea de propiedad privada, todas ellas
absolutas creaciones humanas.

Justamente como la sed de poder
no se ha extinguido, el trágico disparate en curso en la actualidad, con los
halcones fundamentalistas manejando la hiper-potencia mundial (no importa cuál
sea el presidente de turno sentado en la Casa Blanca), nos puede llevar de
nuevo a las cavernas y al período neolítico (la guerra nuclear generalizada,
aunque ya no exista la Unión Soviética y una frontal Guerra Fría, no es una
fantasía de ciencia ficción; sigue siendo una posibilidad y está a la vuelta de
la esquina). En tal caso no sería la «evolución» técnica la que nos devolvería
a ese estadio sino –una vez más– nuestra dificultad para progresar en lo
ético. Salvando las formas económicas, ¿es muy distinta en términos éticos una
empresa petrolera o fabricante de armas de los Estados Unidos actual comparada
con un faraón egipcio, por ejemplo, aunque hoy se llenen la boca hablando de responsabilidad
social empresarial
, contratando muchas mujeres, negros y homosexuales? ¿Qué
diferencia en esencia a estas empresas «legales»de un cartel del narcotráfico?

«Es delito robar un
banco, pero más delito aún es fundarlo
«, decía sarcásticamente Bertolt Brecht. Las guerras –cíclicas,
obstinadamente repetitivas– nos recuerdan de manera dramática estos desgarrones
de nuestra mortal y evanescente condición: progresa la técnica, pero lo ético
sigue siendo la asignatura pendiente. Hablamos cada vez más de derechos humanos
y de respeto a la vida, pero en las guerras se sigue premiando como héroe de la
patria a quien más enemigos mate. ¿Cómo entender eso? Dicho sea de paso
también: el negocio más grande todos los actualmente existentes y aquél que
ocupa la mayor inteligencia humana -y también la artificial– para la creación y
renovación constante, ¡es la guerra! La producción de armamentos –desde una simple
pistola hasta los misiles nucleares más poderosos– son el renglón más
desarrollado de todos los que implementa la especie humana. ¿Lo qué más ha progresado
entonces?

Más allá de esta primera
consideración –de un talante pesimista seguramente– cabe un segundo comentario,
no menos importante que el anterior, y con el cual se relaciona: aunque lento,
tortuoso, plagado de dificultades, casi con valor de conclusión podemos decir
entonces que efectivamente ha habido
progreso social
. Repitámoslo: hoy no se quema vivo a nadie por hereje; se
pueden quemar libros, pero eso no es lo mismo. Hoy, aunque estamos aún lejísimos
de alcanzarla, el tema de la justicia –económica, social, de género, étnica– es
ya un patrimonio de la agenda de discusión de toda la humanidad; hoy, aunque
persiste el machismo, ya no existe el derecho de pernada ni se utilizan cinturones
de castidad para las mujeres, en numerosos lugares no se penaliza la
homosexualidad permitiéndose los matrimonios entre iguales, y las leyes –ya
universalizadas– fijan prestaciones laborales (aunque el capitalismo salvaje de
estos años recién pasados está intentando borrar esos avances sociales).

En esta línea de pensamiento se
inscribe una cantidad, bastante grande por cierto, de temas referidos a lo
socio-cultural, que son incuestionables avances, mejoras, progresos en lo
humano. La lista podría ser extensa, pero a los fines de mencionar algunos de los
puntos más relevantes, podríamos decir que ahí entran todos los pasos que
conciernen a la dignificación
humana. No con la misma intensidad en todos los rincones del planeta, pero
en el transcurso de los últimos siglos, con la modernidad que trajo una visión
científica de la realidad, los derechos humanos hicieron su entrada triunfal en
la historia. Hoy por hoy son ya una conquista irrenunciable. Se podrá decir que
son un engendro occidental que, si se quiere profundizar, surgen como un camino
paralelo a la lucha revolucionaria por el cambio social (el materialismo
histórico no necesita ese complemento quizá); pero existen y marcan un camino
de avance ético. Ya nadie puede matar por capricho a un esclavo, porque hoy ya
se ha superado ese «primitivismo» de la esclavitud. Aunque hay que
aclarar, no obstante, que la Organización Internacional del Trabajo ha
denunciado que pese a nuestro «progreso» en materia laboral persisten
cerca de 30 millones de trabajadores esclavizados en este siglo «hiper tecnológico»,
en muchos casos produciendo las maravillas industriales que se consumen
alegremente en lugares donde la vida es simpática y próspera y nadie piensa en
esclavos.

El siglo XX, luego de mostrar
hasta dónde es posible llevar el hambre de poder de los humanos con la Segunda
Guerra Mundial (tendencia de los varones, valga precisar, que son quienes
realmente lo ejercen –el 99% de las propiedades del mundo están en manos
varoniles–), dio como resultado el establecimiento de gestos muy importantes
para asegurar esa dignidad de la que hablábamos arriba: se constituyó el
sistema de Naciones Unidas y se fijó la Declaración Universal de Derechos
Humanos. Pero la historia de estos últimos años mostró que, más allá de una
buena intención, esas instancias no resolvieron –¡ni podrán resolver nunca!– problemas
históricos de las sociedades (porque no pasan de decorosos remiendos); ahora
que vemos naufragar esos tibios intentos luego de las «guerras preventivas»
que impulsa Washington en un mundo que sigue marcado por el manejo vertical de
los megacapitales globales, entonces, no podemos menos que afirmar que
«estamos retrocediendo» en esos avances. Pomposas declaraciones y actitudes
políticamente correctas: sí (hasta un presidente negro en Estados Unidos);
cambios reales: no. Esta, entonces, podríamos decir que es la segunda aseveración
fuerte: si ha habido algún progreso en lo cultural, ahora lo estamos perdiendo.
O, dicho de otro modo, hay una tensión perpetua en la que se avanza y retrocede
en un balance siempre inestable.

Lo que en el curso de los últimos
dos siglos fueron avances en la esfera social, desde la caída de la Unión
Soviética (primer y más sostenido experimento socialista de la historia), han
venido retrocediendo sistemáticamente. Hasta incluso en el mismo seno de las
Naciones Unidas, que habla pomposamente de derechos humanos, se perdieron
conquistas laborales, aunque suene paradójico (en general el personal trabaja
ahora por contratos puntuales, sin prestaciones laborales, precarizados). Si
allí sucede eso, ya no digamos cuál es el grado de avasallamiento de los
derechos de los trabajadores a escala global. Caído el emblemático Muro de Berlín,
el capital se siente dueño absoluto del mundo; en estos pocos años se han perdido
conquistas sindicales históricas, se retrocedió en organización político-sindical,
se desmovilizaron actitudes contestatarias. Si volvían protestas callejeras
espontáneas en el transcurso del 2019 alzando la voz contra las infames
políticas neoliberales, la llegada de la pandemia de COVID-19 («curiosa»
llegada, por cierto), las silenció, las postergó. Lo que se puede apreciar en
estos últimos años, luego del proclamado «fin de la historia» con el
derrumbe del campo socialista este-europeo, es que creció lo que podría llamarse
«cultura light», la sobrevivencia no-crítica, el «amansamiento»
colectivo. Es decir: se criminalizó la protesta como nunca antes. ¡Trabaje
y no proteste, consuma y no piense
!, pasó a ser la consigna universal. El actual
confinamiento que trajo el coronavirus sirvió para aumentar esa tendencia. De hecho,
se precarizaron más aún las condiciones laborales, y el trabajo hogareño, en
buena medida, pasó a ser la norma. ¿Alguien diría que trabajar desde su caso es
progreso?

Lo curioso, o complejo –¿trágico
quizá?, ¿patético?– en todo este problemático y enmarañado ámbito del progreso humano es que mientras por un
lado nos alejamos de los prejuicios más estereotipados y se comienzan a
tolerar, por ejemplo, matrimonios homosexuales o que un afrodescendiente pueda
haber llegado al sillón presidencial en el racista país que hoy hace las veces
de potencia principal, al mismo tiempo ese mismo país (no el presidente, claro,
sino los que tienen el poder decisorio final: blancos multimillonarios que
manejan corporaciones multinacionales) diseña planes geoestratégicos que
irrespetan las nociones elementales de derechos humanos modernos, permitiéndose
invadir cuando quieren y en nombre de lo que quieren. Sin dudas que todo esto
es contradictorio, complejo, difícil de entender. Y junto a eso, no olvidar,
potencias capitalistas de Europa occidental, promotoras de los sacrosantos
derechos humanos, en pleno siglo XXI… ¡aún mantienen enclaves coloniales!
Sin dudas, avanzamos y retrocedemos al mismo tiempo.

Con las estrategias imperiales en
curso mantenidas por Washington se han perdido importantes avances en relación
al respeto y al entendimiento entre seres humanos, aunque se haya dado el
importante paso de permitirse superar un racismo histórico que llevó a linchar
negros hasta hace apenas unos años. ¿Avanzamos o retrocedemos entonces? Quizá,
aunque pueda sonar a ciencia-ficción, haya grupos de poder que ya están
concibiendo –¿quizá implementando?– estrategias para instalarse fuera de
nuestro planeta, condenando a quienes se queden en esta maltrecha Tierra a
sobrevivir como puedan… si es que pueden. Con lo que –una vez más– la edad de
las cavernas y las hachas de piedra no se ven tan lejanas, metafórica y
literalmente. ¿Quiénes detentan hoy el poder global? Los que tienen esas hachas
y garrotes más grandes: los que tienen los misiles nucleares más poderosos. Nihil
novum sub sole? ¿Nada nuevo bajo el sol?

En definitiva, decidir en
términos académicos, en nombre de alguna pureza semántica, si avanzamos o
retrocedemos moralmente, puede ser intrascendente. Si miramos la historia de la
especie humana, hay avances; pero eso solo si hacemos una mirada de muy largo
alcance, de siglos, o de milenios. Hay avances importantes (el movimiento
feminista, las reivindicaciones étnicas, la aceptación de la diversidad sexual),
pero hay retrocesos en la justicia social. Lo que está claro es que no puede
haber cambio real y sostenible si no se avanza simultáneamente en todos los
aspectos.

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